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La imparable transformación de la ciudad conlleva inevitablemente, movimiento, idas y venidas, mutaciones, apariciones y desapariciones. Sin embargo, durante los últimos años, especialmente en las ciudades con un importante potencial económico y turístico, estamos siendo testigos de un modelo de transformación urbana muy concreto a través de programas de “regeneración” o “rehabilitación de espacios urbanos estratégicos”. Como consecuencia, la población de barrios o zonas centrales de la ciudad deterioradas o en declive está siendo desplazada progresivamente. A pesar de la complejidad de estos procesos, y de la forma que adoptan en cada caso, un factor fundamental y común es la existencia de una población humilde y de rentas bajas desplazada por otra con una mayor capacidad adquisitiva y nuevas necesidades culturales, que descubre en estos lugares una buena relación calidad-precio y una ubicación privilegiada en la ciudad. En algunas ciudades este proceso se está expandiendo a las clases medias-altas que ven como el alquiler y los precios de las viviendas se disparan con la llegada de inversores de gran poder adquisitivo que convierten las calles centrales de la ciudad en zonas de alto standing.

Estos cambios se manifiestan de muchas maneras: la sustitución del uso residencial de la vivienda en favor de usos más lucrativos como el turismo, la especulación, expulsiones por desahucio, la elitización de la nueva oferta de vivienda, la apropiación comercial del espacio público, la desaparición del comercio tradicional y de proximidad en favor de franquicias y boutiques, la concentración del ocio nocturno, la gourmetización de los mercados de abastos, la instrumentalización de la cultura como sector vinculado al ocio y al consumo, etc.

Todos estos cambios acarrean problemas asociados a la injusticia social y al derecho legítimo a la ciudad, especialmente entre las personas más vulnerables por motivos económicos, culturales, de salud, de género…La autoorganización, los procesos colectivos, el asociacionismo, los movimientos vecinales y algunas políticas públicas de gestión del suelo público, de la vivienda y del patrimonio, han sido capaces de generar prácticas de resistencia ante esta situación, creando formas alternativas de producción, convivencia y apropiación de la ciudad. Este tipo de redes de solidaridad están suponiendo, en ciertos lugares, una seria dificultad para la implantación rápida, fácil y sin contratiempos de las políticas de desplazamiento y permiten pensar en alternativas que cuestionan la construcción hegemónica de la ciudad; siendo también conscientes de que todos estos movimientos no serán suficientes si no transcienden la escala barrio para ganar influencia a nivel municipal, regional, estatal y global y van acompañadas de políticas públicas que trabajen por mitigar la especulación inmobiliaria, la protección de la vivienda, la reducción de las desigualdades sociales y la brecha de rentas.

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A este festival le sumamos la reflexión sobre el papel de la cultura y del arte en todos estos procesos. Sobre su rol elitizador y de resignificación del espacio urbano, sobre su poder tractor para el establecimiento de una “nueva economía” basada en los servicios y las industrias creativas que producen el encarecimiento de los barrios. Pero también sobre su capacidad para empoderar a la ciudadanía contra la gentrificación, sobre su capacidad de comunicación, de crear subjetividades, de conectar con movimientos y problemáticas sociales, de activación política, de regeneración de espacios y de puesta en valor de la memoria y la de la identidad del lugar.